Un tilipan y su hoja morada.
Era diciembre y los fríos nórdicos traspasaban las fronteras
políticas, para llegar hasta tierras tropicales. En uno de los países más
cercanos al centro que al polo llegó un tulipán el cual estaba listo para
respirar este nuevo aire cálido-congelado, y adentrarse en la vida propia de la
metrópoli subdesarrollada.
Sin embargo, aunque este tulipán poseía un color fenomenal,
tan hermoso como el que pocas flores pueden ostentar, también poseía un pequeño
defecto, una de sus hojas en vez de ser de un cálido verde, el cual llama a la
frescura, a la naturaleza y a la vida, era de un color moradizo, propio de de
una persona asfixiándose.
Dicha hoja era la única diferencia que poseía el tulipán con
las demás flores que habían llegado del lejano reino de las alturas bajas, sin
embargo, esta pequeña diferencia había hecho que casi fuera deseleccionado de
poder emprender el viaje.
Recordando aquella ocasión, vuelve a la memoria como el tulipán,
arriesgándose a cualquier probabilidad, y sin ser descubierto por la mirada discriminante
de la raza humana, logró embarcarse, o mejor dicho, “enavionarse” hasta las
tierras mesoamericanas.
Su dicha no mejoró al llegar a las tierras subtropicales, y
ante su creencia de que a medida de que calentara el clima la mirada segmentaria
disminuiría, esto no sucedió, por el contrario, tuvo que esconderse en
repetidas ocasiones para poder camuflarse entre los demás tulipanes, y llegar
así hasta el puesto de ventas, más conocido como floristería.
La desigualdad no fue ejecutada únicamente por la raza humana,
también la vivió por parte de su propia familia, los demás tulipanes le
afirmaron en repetidas ocasiones, que quienes triunfan en el negocio de las ventas
eran únicamente las flores hermosas, perfectas, y este tulipán, al tener su
hoja morada, no lograría cumplir con las expectativas estéticas impuestas por
las leyes del tal Sam.
Su hoja no mejoro con el clima seudofrío de la tierra
mesoamericana, con el paso de los días, en el aeropuerto, en el avión, en la
aduana, en la aduana, en la aduana, en los camiones, y en la floristería, la
vida de la hermosa flor decaía y con
ella, la esperanza de encontrar ese ser a quien hacer feliz cuando tuviera la
experiencia de contemplar la belleza intrínseca de tan hermoso producto de la
tierra.
Como fue de esperar, el viaje no fue nada cómodo, y entre
las burlas, los comentarios peyorativos y despreciativos, la ocasional …. Y la
disminución de las fuerzas, fueron provocando de a poco, en el tulipán, eso que
lxs psicologxs denominarían desesperanza aprendida.
Fue tal el sentimiento de agobio sentido por el tulipán, que
si bien, su hoja no disminuyó en belleza, su corazón perdió aquel brillo que lo
diferenciaba de muchos otros tulipanes más, su color perdió fuerza, y su tallo
se fue quedando cada vez más inclinado.
Al momento de llegar a la floristería, si bien el se había
esforzado por estar ahí, no tuvo ya la vivacidad para aguantar el periodo
suficiente en que alguien, deseoso de un tulipán distinto que cuya belleza
interior superara con desdén aquel resplandor superficial de la flor holandesa,
lo viera, y en una luz apenas perceptible, se diera cuenta que este era el
tulipán más bello entre todos los tulipanes.
Su fuerza no alcanzó, y antes de la ocurrencia de tan
esperado momento, la vida se le esfumó, y con ellas sus creencia de que su
belleza no estaba determinada por una simple diferencia fenotípica.